PERSPECTIVAS SOBRE MOTHERWELL

Robert Motherwell: Open n.º 37, 1968. Pintura plástica y carboncillo sobre lienzo, 233.5 x 309.9 cm. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York. © Robert Motherwell, Dedalus Foundation, Inc. / vaga, ny / vegap, Madrid, 2015.

En un excelente texto para Time, en 1983, 1 Robert Hughes reseñaba una retrospectiva de Motherwell celebrada en una galería de Buffalo. La calificaba de otoñal: «La obra de toda una vida, totalmente madura, sus luces, humos y fermentos claramente visibles, sus promesas plenamente satisfechas». Por entonces, a los sesenta y ocho años (nació en 1915, en Aberdeeen, Washington, Costa Oeste; se educó en California, y moriría en Massachusetts en 1991), él era, junto con De Kooning y Krasner, uno de los últimos supervivientes del «expresionismo abstracto» (ese término acuñado, según Greenberg, por Robert Coates) o de la «Escuela de Nueva York» (término acuñado por el propio Motherwell). Hughes sostenía que, en el contexto de la «aureola de leyenda» de ese movimiento, el proceso había sido «injusto» con él, porque su madurez habría llegado más tarde, «de hecho, después de 1960», es decir, cuando el movimiento era ya cosa del pasado. Ahora bien, es difícil saber en qué consiste la madurez, sobre todo si se trata de la de un artista, pero lo cierto es que Motherwell parecía haber madurado lo suficiente, años atrás, como para que su persona y su obra sirvieran para «descartar el popular estereotipo del expresionista abstracto como una especie de romántico existencial, lanzando botes de pintura a los ojos del destino».
Hughes remarcaba acerca de Motherwell unas cuantas cosas fundamentales. En primer lugar, su «equilibrio soberbio, aunque un tanto irregular», con el que habría conseguido «levantar una majestuosa sintaxis de forma sobre una inagotable fuente de ansiedad», conducente a un arte «genuinamente apoloniano» (sic) en el que «incluso su desorden habla de una nostalgia de orden» gracias a su «aliento, gracia, disciplina y lucidez». En segundo lugar, su demostración de las fuentes (surrealismo, Matisse, Picasso…, pero también Joyce y Mallarmé, por no hablar de Lorca) y su firme compromiso (el que habría de ser el del arte moderno) con la tradición. En tercer lugar, escribe Hughes, la obra de Motherwell «era (¡terrible palabra!) “elegante”, y el hecho de que la negrura, la aspereza y la violencia controlada de muchas de sus pinturas invocaran lo trágico, sólo servía para empeorar las cosas».
Al final, y esto es particularmente importante, el asunto no se limitaría a una mera «cuestión de estilo»:

[...] proviene de fuentes más profundas: en particular de su muy crítico e inteligente sentido del lenguaje acumulado del arte moderno, y de la manera en que sus propios impulsos pictóricos se relacionan con dicho lenguaje. Es la elegancia del pensamiento realizado.2

NOTAS:
1 Cfr. Robert Hughes: «Robert Motherwell», en A toda crítica, Anagrama, Barcelona, 1992, págs. 337-341.
2 Ib.