PABLO PALAZUELO. LA ENERGÍA QUE NOMBRA

Pablo Palazuelo: Virtus Marini i, 1995. Acrílico sobre tela, 220.3 x 152.5 cm. caac, Sevilla

Primero, los números

En mi trabajo, el número es verdadero principio formal. El número (energía que nombra) es la ley informadora en el «hacerse y manifestarse de las criaturas» [...] y por ello es cifra de conocimiento para mí y debe serlo para el contemplador (al menos trato de que así sea).

Son declaraciones de Pablo Palazuelo a Santiago Amón, en un ya lejano año de 1976. 1 Pero bien podrían condensar buena parte de su territorio poético y cognoscitivo. Ese que considera, efectivamente, que la naturaleza es ya en sí misma una energía que nombra, un lenguaje que no deja de producir representaciones innúmeras, sucesivas, mudables, de ese principio subyacente que la informa (o mejor: in-forma, la produce en cuanto forma misma). Hay en Palazuelo un postulado ascético y depurativo que es de estirpe claramente platónica —del Platón más pitagórico, justamente: el del Timeo— y que tiene que ver con esta esencialidad fundamental y fundamentadora del número. Un principio que le ha conducido a lo largo de toda su carrera de pintor y escultor al rechazo de cualquier apariencia figurativa, en la convicción de que representar las apariencias no equivale más que a trazar la representación en segundo grado de una representación primigenia y natural.

¿Es posible —le pregunta Santiago Amón al artista en esa misma conversación—, por el contrario, ir a la raíz de ese «principio», allí donde se halla la clave del lenguaje mismo de la naturaleza?2

Sí, ha de ser posible, a través del número, precisamente. Como Pitágoras, Palazuelo cree que todo está dispuesto en función del número. La dis-posición del mundo mismo es numérica y solo numérica. En este sentido, bien es verdad que nadie sabe a ciencia cierta lo que sea o pueda un número, pero algunos —como Palazuelo, Pitágoras o Jung— tienen la intuición de que los números son universales y atemporales, y que su existencia es un hecho objetivo independiente de nosotros los humanos, quienes solo accederíamos a su conocimiento —y visión— a través de intuiciones de la imaginación activa y de una atención —una escucha atenta— a sus leyes y su producción de armónicos. El hombre, ha escrito Palazuelo en onda pitagórica, es un resonador: la ley natural suscita en él una fuerza que a su vez puede provocar, reforzar y dirigir aquella ley.3

Pues en el origen está la música del número, su ley armónica, que es vibración, energía que fluye llenando y coagulando todos los espacios. El mundo emite sus signos como una eterna partitura cósmica:

La música es el conjunto de señales, de signos mínimos, extremos, primeros y últimos cifrages del universo. ¿Qué significan estos signos? Nada, todo, y/o lo que se quiera, según la capacidad de resonancia de los órganos y de las facultades de percepción, de la capacidad de descifrar, de la capacidad de análisis y de síntesis.4

NOTAS:

1 Pablo Palazuelo: Escritos. Conversaciones, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos / Librería Yerba /  Cajamurcia, Murcia, 1998, pág. 30. (Las cursivas pertenecen al original.)

2 Ib.

3 En Notas, s. d. Se puede consultar en Escritos. Conversaciones, ob. cit., pág. 13.

4 Palazuelo en Cartas a Claude Esteban, s. d. Se puede consultar en Escritos. Conversaciones, ob. cit., pág. 57. (Las cursivas pertenecen al original.)