NEGRO TEATRO DE JORGE MOLDER

¿Quién es el escultor?, se preguntaba Martin Heidegger, a lo que él mismo respondía: «Un artista que, a su modo, entra en controversia con el espacio». El sincretismo de esta afirmación, pese a tratarse apenas de una mera aproximación provisional que pertenece a un discurso mucho más complejo, no deja de ser sugerente. Tanto es así que cuesta no sumarse a ella y hacer oscilar la pregunta: ¿y contra qué entraría en controversia el fotógrafo? Casi de un modo espontáneo vislumbramos que su disputa se da, acaso, con (o contra) el tiempo. Pero esa respuesta, tememos, es tan inmediata como convencional. Si bien, y para quien así lo entienda, es posible matizarla de la mano de estudios como este que Alberto Ruiz de Samaniego dedica al fotógrafo portugués Jorge Molder. En ningún momento elude Samaniego la cuestión temporal en su análisis, pero por el modo en que se afronta lo substancial del trabajo de Molder, aquello que aquí se nos dice sobre el tiempo (el de la fotografía y no solo) nunca aparece asépticamente aislado. De hecho, con Samaniego deducimos que la controversia temporal de Molder es indisoluble de otra controversia esencial, una que también concierne al espacio: la arena en la que se bate en duelo el artista, el ruedo, el espacio que el fotógrafo remueve mientras crea o, precisamente, el espacio que remueve porque crea.