LOS BALLETS DALINIANOS, de Bacanal a Sacrificio

El carácter efímero de la mayor parte de las colaboraciones escénicas de Salvador Dalí ha tendido a eclipsar esta faceta de su polifacética obra, frente a aquellas de las que ha quedado constancia permanente en lienzo, papel, escultura, diseño o celuloide. Sin embargo, durante un período tan breve como intenso sus afanes se concentraron en ese medio de expresión. En especial en los ballets, contribuyendo a enriquecer un acervo que durante los años de entreguerras alcanzaron tal grado de madurez e implicación con las vanguardias artísticas.

El intervalo cronológico durante el cual el pintor se interesa a fondo por el ballet es relativamente corto. Su epicentro se sitúa hacia 1941, aunque por su génesis y desarrollo quepa hacerlo extensivo a los años comprendidos entre 1938 y 1944, a caballo entre la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. Es decir, coincidiendo con la gran mutación biográfica y estética de Dalí. Ese cambio de máscaras desarrollado literariamente a través de sus dos libros de gran aliento, la Vida secreta (1942) y la novela Rostros ocultos (1944).

Después de esos años, participará en otros proyectos escénicos, en ocasiones con gran brillantez. Pero con un grado de implicación bastante distinto al ciclo de ballets que aborda en el tránsito de los años treinta a los cuarenta: Tristán loco (con dos versiones, una en 1938 y otra en 1944) y la trilogía Bacanal-Laberinto-Sacrificio (1939-1941). Al que debe añadirse, ya aparte, la comedia musical Las nubes, de 1941. A diferencia de los posteriores —donde es más decorador que argumentista—, en estos proyectos se ocupa de los libretos, dejando traslucir su urgencia de intervención pública cuando se estaban produciendo sucesos tan dramáticos como los dos conflictos bélicos citados.

Entre 1938 y 1944 el pintor parece verse acuciado por la apremiante necesidad de proyectar sus ideas más allá de las salas de exposición y su muy restringido público. Dentro de tal ampliación de horizontes, estos ballets desempeñaron un papel nada desdeñable para difundir sus teorías. Algunas tan complejas como su lectura de El Ángelus de Millet. Pues no otra es la base o percha conceptual de Tristán loco. En cierto modo, un desarrollo de la última imagen de Un perro andaluz, fotograma inspirado en el cuadro de Millet y cristalización del Tristán e Isolda wagneriano que podía escucharse a lo largo de ese cortometraje, al que servía de subtexto, a mitad de camino entre el homenaje y la parodia.

Del mismo modo que le había sucedido a Picasso con el ballet Parade y sus relaciones con la bailarina rusa Olga Koklova, Salvador Dalí empezó involucrándose en ese mundillo por obra y gracia de su compañera Gala y sus contactos con el tumultuoso ambiente de rusos blancos que proliferaba por París. Y en especial los que se movían en la estela de Serguei Diaghilev, quien había formado parte de los ambientes artísticos de Moscú o San Petersburgo y contaba con un notable bagaje pictórico, tras dirigir la revista Mir Iskovska (El mundo del arte).