LA CULTURA POPULAR EN EL INDEPENDENT GROUP

Instagram Автостудия Глянец Richard Hamilton: $he, 1958-61. Óleo, celulosa y collage sobre tabla, 122 x 81 cm. Tate. © R. Hamilton. All Rights Reserved, vegap 2014

Lo que llamamos pop art inglés surgió como una consecuencia directa de la reconstrucción de Gran Bretaña tras la Segunda Guerra Mundial. Cuando ahora nos enfrentamos a aquellos acontecimientos de su posguerra nos encontramos con que las obras de arte, descontextualizadas de su historia y de su entorno, alejadas de los problemas éticos, políticos, sociales y económicos entre los que surgieron, se han convertido en codiciadas piezas de colección que muestran, bajo el fulgor de los focos del museo, un aspecto colorista y nostálgico, acentuado por los desorbitados precios que alcanzan sus cotizaciones comerciales.
La historia del arte, que suele construirse como una acumulación de éxitos suce­sivos que evolucionan siempre positivamente, narra solo el destino de las obras que han triunfado en el comercio del arte, eludiendo dar explicaciones sobre las situaciones reales en las que se forjaron esas obras. Los autores de ellas, al menos los triunfadores, quedan tan complacidos con el hecho de estar situados en ese ranking que no pretenden escarbar en su pasado para mostrar los motivos concretos que las hicieron surgir.
Se suele aceptar que el extenso fenómeno denominado pop art surgió a mediados de la década de los cincuenta en el seno del Independent Group de Londres. Repetidamente se ha puesto de manifiesto que los mismos tipos de imágenes populares fueron utilizados a mediados de los años cincuenta por Peter Blake en Londres y por Andy Warhol en Nueva York, sin que ambos artistas tuvieran noticia el uno del otro. La rápida y fácil difusión de la «cultura pop» en ambos continentes permitió pensar que, de no haber surgido en Londres, podría haberlo hecho en cualquier otro lugar del mundo e incluso en más de un lugar, por eso es necesario detenerse a analizar las condiciones sociales y culturales que hicieron posible que lo popular se impusiera como norma de gusto en la sociedad posbélica.
Esas condiciones están relacionadas con la fuerte estratificación social inglesa, producto de una estructura política y militar jerárquica que se había forjado en siglos anteriores para mantener la disciplina en los vastos territorios del Imperio británico. Esa estructura generó un sistema fuertemente articulado, en el que, desde la conciencia de clase, cada grupo social respeta celosamente unos códigos culturales con los que se distingue e identifica. Esa estructura culmina en una clase dominante, elitista y culta, acreedora de un gusto determinado que se expresa en detalles como la etiqueta en el vestir, el respeto a las costumbres o la elegancia en el uso del lenguaje.
El ejercicio de la propiedad y del poder son, sin duda, distintivos de clase, pero la manifestación explícita de la pertinencia a una clase superior es la cultura que se muestra a través del gusto refinado, es decir, del conocimiento del arte y la poesía, de la elegancia en los modales y de la correcta dicción. Por tanto, diferenciar entre alta y baja cultura, entre buen y mal gusto, era un asunto de vital importancia social, comparable con el reconocimiento de la solvencia económica.