LA ABSTRACCIÓN EN DADÁ: DEFENSA, DISENTIMIENTO Y CONCILIACIÓN DE OPUESTOS

Hans Richter: Vormittagsspuk, 1927. Fotograma de la película, b/n, 9 min. © Hans Richter, vegap, Madrid, 2016
 
Acostumbrados a reducciones y generalizaciones, las dinámicas y episodios en torno a la abstracción, tanto como la consideración de esta en el seno del dadaísmo, no suelen contar con una presencia destacada en los relatos que sobre dadá se transmiten. Hasta tal punto que, frente al nihilismo, la liberadora oposición o resistencia a los convencionalismos, así como la desquiciada e hilarante bufonería, emergen como principales caracteres identitarios de este movimiento —podríamos llamarlos «clichés»—, originados desde las primeras puestas en escena en el fundacional Cabaret Voltaire de Zúrich, mientras la abstracción parece adquirir una condición accidental. Quizá los actores dadaístas proclives a la abstracción no generaron un corpus de obra abrumador, aunque la cinematografía dadá es prácticamente en su totalidad abstracta; fue, sin embargo, un asunto de constante cuestionamiento, que generó reformulaciones desde la praxis (el juego irónico entre azar y orden de los collages fortuitos de Hans Arp), y estuvo presente en muchas de las principales fuentes escritas; algunas de ellas, solo dedicadas a este particular. Es un asunto que, además, se enriquece por la atomización geográfica de dadá, lo que motivaría distintas sensibilidades hacia un concepto o categoría como es lo abstracto, que —en cualquier caso— es amplio y diverso en su naturaleza (desde lo orgánico a lo geométrico y desde lo poético al rigor y el número). Y, asimismo, la abstracción resulta enriquecedora por cuanto las tensiones en torno a ella y los dispares posicionamientos introducen —de manera tangencial y puede que pionera— debates que adquirirían dimensión de querella artística en las décadas siguientes, y que ya presentan asuntos trascendentales, como la utopía o la posibilidad de un arte proletario.
Se ha de ser consciente de que el fenómeno dadá no puede ser reducido a una imagen en cuanto a que su diversificación geográfica, no solo en Europa, provocaría condicionantes propios de un continente cruzado por la guerra y por las distintas tensiones geopolíticas, lo que influiría de manera decidida en los distintos centros que configuraron la órbita dadaísta —piénsese cuán disímiles serían los contextos norteamericanos; los de la neutral Suiza, o de Alemania—. El factor cronológico respecto a la eclosión de los distintos núcleos fuertes es otra causa que refuerza el carácter disímil e incluso contradictorio que evidenció el movimiento, que se ve de una manera meridiana respecto a la consideración y la práctica del arte abstracto. Tampoco debe pasarse por alto la constitución de familias que responden a los núcleos que, sin llegar al sonoro caso del surrealismo, con el enfrentamiento público entre los ortodoxos de André Breton y los heterodoxos de Georges Bataille, suponían distintos posicionamientos y afinidades; diferentes —por así decirlo— versiones del dadaísmo. Tanto es así que resulta muy complejo elaborar un retrato fiel. Pareciera que dadá hubiera poseído muchas y muy distintas máscaras, lo que lo convierte en polimorfo y, ante todo, en contradictorio.