ESCRITOS DE JUVENTUD

«Sólo las imágenes de infancia son imágenes verdaderas», avisaba la fotógrafa Alix Cléo Roubaud, antes de revisar su trabajo ante la cámara de Jean Eustache, en Les photos d’Alix (1980), aquel último cortometraje. El gran cineasta europeo de los años setenta se quitaría la vida meses después, y ella, musa y amante, le seguiría dos años más tarde, al poco de rebasar su 30 cumpleaños. El aforismo de la muy olvidada Roubaud ofrece un sutil regate para adentrarse en los escritos de juventud de Andréi Tarkovski (1932-1986) que, entre relatos, poemas y notas biográficas, publica el sello Abada en una esmerada edición a cargo, aquí, de José Manuel Mouriño, autor del documentado estudio introductorio. En Vivo con tu fotografía, uno de los textos que integran el volumen y acaso el más interesante, el joven Tarkovski enumera y describe una serie de fotos íntimas, capturas de un Andréi rubio de apenas cinco palmos de altura, retratos de la madre, el padre, de una remota casa familiar, rostros espesados por la miseria de la guerra y lo que vino después. A esa verdad, un puñado de fotografías —«la nostalgia de un ideal», llegó a decir—, quiso volver el genio ruso una y otra vez. Son las mismas imágenes que, según desvela Mouriño, empleó el cineasta para preparar la monumental y tan proustiana El espejo (1975), la más autobiográfica de las siete películas que entrelazan una de las filmografías clave de la modernidad fílmica.
De forma abrupta, por medio de un avatar algo frustrado, a menudo, Tarkovski se confiesa mal escritor. El suyo, intuye, no es el mejor vínculo con las palabras, y —añadamos nosotros—, seguramente, tal vez sea ese el motivo por el cual su obra logró trascenderlas. Tarkovski escribió mucho y bien sobre el oficio de crear imágenes. Escribió para negar el componente escrito de una película, para incitar a la borradura y la reelaboración del guión en función del rodaje. Lo dijo aquel exiliado, personaje de Nostalgia (1983), con la gravedad que define a las criaturas del ruso: «La poesía escrita es intraducible». Aunque lejos de la severa gramática de madurez que recogió Esculpir en el tiempo, en estas páginas de juventud, no es difícil intuir la infancia de un modo de pensar el cine, el principio de un tortuoso itinerario hacia las imágenes. Una fascinación, a fin de cuentas, casi epifánica. La infancia de Iván (1962), Andréi Rublev (1966) o Sacrificio (1986) reinciden en un dispositivo que obsesionaba al creador eslavo: filmar reproducciones artísticas, arte religioso, la elevación del icono, grabados, el dedo índice que recorre páginas ilustradas bajo el conjuro de una disciplina, la pintura, que el propio autor practicó desde niño.