ENTRE EL ARTE Y LA VIDA: ENSAYOS SOBRE EL HAPPENING

La segunda mitad de la década de los años cincuenta en Estados Unidos podría leerse como el punto central a partir del cual algo sucede en las formas de percibir el arte, pero, sobre todo, en las formas de conceptualizar los límites entre el arte y el no-arte. Pero veámoslo de otro modo. La muerte de Jackson Pollock en 1956 bien podría entenderse como alegoría, como principio alegórico desde donde leer las posibilidades de un arte nuevo. El expresionismo abstracto había desarrollado no solo una forma de hacer arte sino, más allá de eso, una forma de estabilizar institucionalmente esa forma de hacer arte. Es decir, habían creado un recinto perfectamente delimitado donde la lectura de Clement Greenberg había pasado de teoría a dogma. Dentro de estos esquemas, la obra de arte se regía por una relación autónoma, casi onanista, donde esa obra se definía por su propia forma de ser y de darse. Está claro que, tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, como bien han estudiado Gilbaut o Stonor Saunders, se transforma en capital del arte moderno. Esta nueva capital no solo implica un lugar (Nueva York), sino una negativa a hacer del arte un espacio dentro del cual quepa la realidad. Así, y simplificando quizás en exceso, los problemas sociales y políticos de posguerra son eliminados del esquema productivo del expresionismo abstracto, el cual hace de la pureza su arma. Y esto es así hasta bien entrada la década de los cincuenta. Entonces, ¿qué ocurre? ¿Qué provoca el cambio? Una nueva generación de artistas comienza a asomar la cabeza, una nueva generación que está viviendo su presente de un modo bien distinto a como lo vivió la generación anterior. Los artistas jóvenes, por un lado, viven de un modo asfixiante las hasta el momento imposiciones dogmáticas del expresionismo abstracto, pero, por el otro, este mismo ambiente asfixiante les empuja a tratar de hallar lugares fuera de ese límite. La pintura, la escultura, se convierten a ojos de la generación siguiente en pesados muebles o pesadas hipotecas difíciles de soportar. Es ahí, en ese límite, en esa dificultad (que se debate entre lo institucional y lo no institucional) donde aparece la figura notable de Allan Kaprow. Kaprow es perfectamente consciente del problema aquí apuntado, por ello, el primero de sus textos importantes es titulado «El legado de Jackson Pollock». La de Kaprow es una generación criada bajo el ala dogmática del expresionismo abstracto, pero empujada a buscar fuera de ese ala otros espacios nutritivos. Es necesario, por tanto, en primer lugar, «matar al padre». Este texto sobre Jackson Pollock abre este magnífico libro Entre el arte y la vida: ensayos sobre el happening. En realidad, el subtítulo es equívoco. No son ensayos sobre el happening, sino ensayos acerca de cómo el arte es una forma de tomar conciencia de los sucesos cotidianos. Quizá podríamos decir que son ensayos sobre la experiencia como obra de arte.