EL HOMBRE QUE ANDABA EN EL COLOR

Algunos filósofos franceses, entre ellos Georges Didi-Huberman (Saint-Étienne, 1953), se caracterizan por el empleo de una prosa poética cargada de metáforas y de imágenes que son herederas tanto del surrealismo como de la fenomenología desarrollada por autores como Gaston Bachelard. Los textos de estos filósofos, generalmente sugestivos y ampulosos, se recrean en descripciones subjetivas que son narradas con indudable vocación literaria, por lo que llegan a cautivar al lector, como sucede con el ensayo que Didi-Huberman ha dedicado a la obra del artista californiano James Turrell, publicado en francés en 2001 y que ve ahora la luz por primera vez en español en traducción de Juan Miguel Hernández León.
Didi-Huberman plantea su ensayo no como un estudio analítico de un fenómeno artístico, sino como una fábula, como la fábula de un hombre que camina en la inmensidad del desierto, lo que le permite al filósofo recurrir a la narración bíblica del Éxodo que adereza con apostillas psicoanalíticas y fenomenológicas. El desierto, ese lugar monótono que se presenta vaciado de cualquier elemento físico, es interpretado como espacio metafísico, como escenario de experiencias místicas en las que cobra evidencia la presencia del «Ausente» con el cual Moisés estableció una alianza. Desde este punto de partida Didi-Huberman teje un discurso sobre la ausencia que es capaz de personificarse, sin cuerpo ni figura, como un color que adquiere la cualidad de sustanciarse en compacta materialidad.