EDITORIAL 115. EFUSIÓN Y ORDEN

Qué duda cabe de que la insistencia en la conmemoración de las efemérides responde ante todo a una convención caprichosa. Pero, aun así, no es menos cierto que nos brindan la oportunidad de reevaluar en la distancia el legado de algunos referentes primordiales de nuestro horizonte cultural. De hecho, el monográfico que dedicamos en el pasado número de la revista a la figura de Mathias Goeritz remitía al centenario de su nacimiento, tal y como, de nuevo, sendos centenarios nos llevan, en esta nueva cita con el lector, a recordar los universos —desde luego complementarios y, de algún modo, también en algo coincidentes— de dos gigantes de la abstracción, dentro del panorama creativo de la segunda mitad del pasado siglo.
Robert Motherwell (Aberdeen, Washington, 1915 - Provincetown, Massachusetts, 1991) fue, en cuanto que miembro de la llamada Escuela de Nueva York, uno de los protagonistas medulares de la gran aventura del expresionismo abstracto estadounidense. El pintor y escultor Pablo Palazuelo (Madrid, 1915 - Galapagar, 2007) impulsó, desde la escena europea, una tan singular como sofisticada apuesta de abstracción de base geométrica. En tal sentido, venían a encarnar derivas en algún sentido opuestas, o complementarias como decíamos, si así se quiere, en el desarrollo de una sintaxis no figurativa. En su sentido más tópico, la pulsión visceral del gesto y la mancha frente a la precisión diamantina en la articulación estructural del espacio. Pero, aun así, compartían otros rasgos no menos esenciales. En primer lugar, la efusión del color. Mas, también, el hecho de ser, ambos, artistas extremadamente cultos, con una mirada anclada en la tradición poética francesa. Y en el caso de Motherwell además, recordemos, con esa particular querencia hacia nuestra memoria que se traduce en sus evocaciones de la Generación del 27 y, antes que nada, en esa larga y hermosa secuencia de sus elegías a la República española.
Abriendo la secuencia del presente número, Vicente Jarque brinda en su artículo un balance minucioso de las sucesivas percepciones críticas que conformaron la evaluación en el tiempo de la aportación pictórica de Motherwell, desde las lecturas tempranas que le dedicó Clement Greenberg, hasta los balances ya algo postreros de Robert Hugues, Dore Ashton o Arthur Danto. Un conjunto de perspectivas certeras desde las que Jarque perfila a la par las vías esenciales de evolución poética y plástica del pintor. Y ello, nos dice, a partir de una ecuación en la que confluían, en muy complejo cifrado, la vertiente reflexiva que nutría su pensamiento y aquella otra, por entero espontánea, a la que apostaba su estrategia creativa.
Y para dar, en contrapartida, plenamente la palabra al propio creador estadounidense, hemos rescatado a su vez un documento de referencia, inédito hasta ahora en nuestra lengua. Se trata, nada menos, de la conversación que Motherwell mantuvo en 1962 con el bien célebre crítico británico David Sylvester. En ella el artista detalla el proceso de la práctica pictórica, su concepción de la pintura de acción, así como, en términos más generales, los rasgos diferenciales entre la tradición europea y el perfil identitario del relevo que venía a encarnar finalmente el auge de la cultura americana.
Ya en la segunda deriva de nuestra propuesta, Alberto Ruiz de Samaniego nos advierte en su texto acerca de la importancia que una percepción matemática de resonancia enigmática y trascendente tiene como eje rector del pensamiento de Palazuelo y del proceso alquímico que da finalmente cauce a su obra, tanto en la pintura como en la escultura. El número, como energía que nombra, como principio activador de la forma, en una concepción que deriva tanto de la raíz pitagórica que su revelación ancla en la tradición de Occidente, como de aquellas otras derivas que le impulsarán a indagar en la mística islámica o en Extremo Oriente.
Javier Maderuelo, por su parte, cierra el círculo al explorar el peso determinante que el dibujo, en cuanto que herramienta vertebral, tiene en el desarrollo de la producción visionaria del creador madrileño. La línea como generadora de ritmos y quiebros en la animación del plano, mas también en la delimitación de superficies en las que se desdobla la indagación que fecunda el espacio tridimensional. El dibujo, afirma Maderuelo, es en rigor la semilla de la que brota todo el arte de Palazuelo, mediante la aplicación de lo que el artista madrileño definía como «transgeometría», término que apela finalmente a un trazado geométrico impregnado de soterrada pulsión de naturaleza simbólica.
Y, ya por último, hemos dedicado esta vez la sección de Arte y Edición a un libro que en cierto modo remite, por su parte, a la conmemoración del reciente cincuentenario de otro hito medular, el de la fundación, por parte de Juan Hidalgo, Walter Marchetti y Ramón Barce, del mítico grupo Zaj. En memoria de aquel hecho, Henar Rivière nos acerca las claves de una publicación memorable, el muy sugerente libro : arpocrate seduto sul loto, ideado por Marchetti, y que vio la luz en 1968. Libro-objeto en el que confluyen un viaje de introspección iniciática del propio autor y un repertorio imprescindible del arte de acción gestado en la aventura radical de Zaj.