DADA COLLAGE

Der Dada, n.º 3, Raoul Hausmann, George Grosz y John Heartfield (dirs.), Der Malik Verlag, Berlín, abril de 1920. 23 x 15.7 cm. Colección particular
 

A la memoria de Joaquín Yarza Luaces (1936-2016)

 
Del mismo modo que la Gran Guerra aplazó la llegada del siglo xx hasta 1914, el collage la adelantó dos años por lo menos, situando el inicio del nuevo tiempo entre la primavera y el otoño de 1912, momento en que Pablo Picasso pegó un hule en un óleo sobre tela, y Georges Braque diversos trozos de faux bois en un dibujo sobre papel. Si empiezo mencionando el conflicto bélico, es porque este será decisivo en el nacimiento de dadá, y, si aludo de principio al collage, es porque la nueva técnica se convertirá en el lenguaje básico del breve pero decisivo movimiento.
 
 
El azar como forma
 
Con el primer cruce de declaraciones de guerra, el artista holandés, entonces residente en París, Otto van Rees, fue llamado a filas. Holanda era un país neutral, pero no debía sentirse muy seguro ante los sangrientos combates que empezaban a librarse a pocos kilómetros de sus fronteras. A Van Rees, al cabo de unos meses, con el argumento de la enajenación mental, se le declaró inútil para las armas. Alguien le sorprendió realizando un collage: La bailarina. El pintor holandés, que conocía a Picasso desde la época del Bateau Lavoir, había seguido la evolución del cubismo y también de los papiers collés. Una vez desmovilizado, se instaló en Zúrich donde coincidió con otro artista fugitivo que también había frecuentado el estudio de Picasso, Hans Arp. En la ciudad suiza ambos llevaron a cabo una exposición (galería Tanner), en la que colgaron óleos y collages. De la obra de Van Rees sabemos poco; distinto es el caso de Arp, muy pronto convertido en figura destacada de aquellos años turbulentos.
Cuando en febrero de 1916 Hugo Ball y Emmy Hennings abrieron el Cabaret Voltaire, en las paredes del local colgaban los collages de este artista. Además de pintor y escultor, Arp era poeta. Su concepción del arte bebía de unas fuentes que pueden calificarse de románticas, aunque pasadas por el filtro de un entorno expresionista que tenía a Wassily Kandinsky (otro pintor-poeta) como chef de file. La necesidad de trascender un mundo en decadencia, responsable del apocalipsis bélico, encontraba en el abandono de la representación ilusionista los instrumentos adecuados para esa tarea. La búsqueda del absoluto obligaba a explorar nuevos caminos, y el collage era un punto de partida.
De la lección de Braque y Picasso, Arp recogió el uso de materiales pobres, de los que sacó un provecho muy distinto al de los maestros cubistas. En los papiers collés siempre se entrevé un atisbo de representación en la medida que los elementos pegados nos remiten a naturalezas muertas, mesas de café, interiores urbanos, bailes, etc. En los collages de Arp, en cambio, desaparece todo indicio de trompe-l’oeil y se presentan solo realidades plásticas autónomas.