ARTE Y EDICION — 116. UN COUP DE DÉS JAMAIS N’ABOLIRA LE HASARD

Instagram Автостудия Глянец Cubierta de Un coup de dés jamais n’abolira le hasard. Image, de Marcel Broodthaers. Galerie Wide White Space (Amberes) / Galerie Michael Werner (Colonia), Amberes, 1969. 32 págs., 32.2 x 25 cm. Colección particular. © The Estate of Marcel Broodthaers c/o SABAM / VEGAP, Madrid, 2015.

En el principio fue la palabra, así, desnuda, aunque dotada de significados convencionales. Después surgió un interés por la forma y la posición que ocupa la palabra y entonces el significado perdió buena parte de su importancia. A continuación, las palabras fueron sustituidas por signos más o menos ambiguos y, por último, aparecieron los objetos, que se independizaron de las palabras e incluso de los signos.
Podía haber sido así, pero, sin duda, debió de suceder de otra manera. Con Marcel Broodthaers nunca se sabe. Sin embargo, sabemos todo o casi todo sobre lo que quiso hacer, lo que hizo y lo que dejó de hacer, pero los datos, por más ciertos que sean, no suelen aclarar qué es lo que él realmente pretendió con sus obras. Tal vez por eso consideramos a Marcel Broodthaers un gran artista.
Pero vayamos por partes. En buena lógica, la primera parte debería ser describir la obra que vamos a presentar, aunque con Broodthaers la lógica reclama siempre el empleo de otro tipo de silogismos y antes de intentarlo parece necesario hablar de otro poeta, de otra época y de otro libro.
Más de veinticinco años antes de que naciera Broodthaers, se publicó en Cosmopolis. Revue internationale (París, abril de 1897) un extraño poema del simbolista francés Stéphane Mallarmé. Se trata de Un coup de dés jamais n’abolira le hasard, del que su autor comenta en el prefacio que en él «se evita el relato» para —podemos añadir nosotros— fijar la atención en la disposición que los versos ocupan en el espacio de la página y, sobre todo, en el valor de los blancos, es decir, en los intersticios que quedan entre las frases, que actúan como los silencios en una partitura.
Mallarmé en Un coup de dés ensayó una escritura que intentaba escapar del corsé de los significantes que atenazan a las palabras, proponiendo un texto azaroso y fragmentario, en el que las palabras y las frases adquieren un nuevo sentido que no emana de su significado, sino de la posición en la página, de la composición tipográfica, del espacio en blanco que queda en el papel y de la dinámica de las líneas conformadas con palabras, unas líneas que, aunque mantienen aún el paralelismo propio de los renglones, se han diseminado por el espacio vacío, como hacen los dados al salir de un cubilete.
En palabras de su autor, se trata de una «partitura para quien lee en voz alta», en la que cada línea, con sus distintos caracteres de imprenta y su posición en la página, debe ser entendida como un signo musical, en un intento sinestésico por extender la poesía hacia el campo de la música.
Mallarmé apenas tuvo ocasión de saborear los resultados de aquella primera edición ni de seguir adelante con su experimento, ya que falleció poco más de un año después, en septiembre de 1898. Este poema, que sin duda se adelantó a su época, hubiera pasado desapercibido si no fuera porque La Nouvelle Revue française lo reeditó en 1914, una vez que el cubismo había cuestionado el espacio, la abstracción había hecho lo propio con la imagen y los futuristas habían liberado las palabras, permitiendo entonces realizar un nuevo tipo de lectura, pero las consecuencias reales de la innovación mallarmeana no tuvieron efecto real hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando los jóvenes artistas europeos buscaron en Schwitters y en Mallarmé (y no solo en Duchamp) el hálito para realizar un nuevo arte. Es entonces cuando este poema abrió una enorme cantidad de posibilidades que, aún hoy, no se han terminado de explorar en su totalidad.